Sueno luego existo

Las redes sociales no han acabado con el ruido como seducción

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Ayer, mientras subía a la montaña de Cáceres, me adelantó como una exhalación un coche que cumplía con las reglas clásicas de la seducción automovilística: era de color rojo, estaba lleno de pegatinas, alerones y tubos de escape, circulaba a toda pastilla, lo conducía un joven con gafas de sol y cara de velocidad y llevaba a su lado a una muchacha rubia con gesto orgulloso y satisfecho de haber sido la escogida en el rito vertiginoso, ruidoso y GTI del apareamiento. Al llegar al final del trayecto, el coche rojo derrapó, dio media vuelta y volvió a descender como un rayo.

Los ritos de apareamiento humano han cambiado mucho. La revolución sexual ha acabado con la prudencia ancestral de ella, afortunadamente. El baile ha perdido vigencia. El acercamiento en el lavadero, la fuente o la fiesta popular son prehistoria. Cada vez es más importante controlar el lenguaje de los móviles y las claves de las redes sociales pues es ahí, en Facebook o en WhatsApp, donde se incia y donde culmina el rito del urogallo y la urogalla con sus danzas, sus exhibiciones de plumaje, canto y pavoneo.

Tras el conocimiento, el acercamiento y el coqueteo virtuales, los espacios de contacto real se multiplican y son cotidianos, no solo de fin de semana o de fiesta popular. Desde hace años, el bar, el botellón, la calle o el parque permiten la relación fluida y la culminación del cortejo.

Sin embargo, hay algo que no cambia en el urogallo macho: el ruido. Sí, reconozcámoslo, el hombre, por mucho Twitter, mucho Telegram y mucho Messenger silenciosos que maneje, a la hora del encuentro, suele caer en la tentación del ruido. Si no sueno, no soy un hombre, si no se me escucha por encima de los demás, ninguna se fijará en mí. El decibelio como seducción sigue tan vigente como antes de que se inventara el mítico ordenador Sinclair Spectrum.

Veamos el caso de la moto pedorreta. Esa motocicleta que arma más ruido que otra cosa: corre poco, pero molesta mucho. No hay concejal español que no haya prometido alguna vez acabar con las motos escandalosas en su pueblo o ciudad. No sé de ninguno que lo haya conseguido porque las motocicletas con el tubo de escape trucado siguen siendo un arma poderosa para cortejar.

Ahora mismo, acaba de pasar una por debajo de casa. Me he asomado a la ventana. De tópico: mocito pinturero orgulloso y acelerando, chicas en una terraza, ellas ríen y él pasa por delante y vuelve a pasar petardeando la mañana. Aquí estoy yo, miradme, ya he llegado, escuchad cómo me anuncio con ruido, con escándalo, soy el tío que produce más decibelios de la ciudad, o sea, un hombre de verdad.

Dentro de un rato, en la rotonda de debajo de casa girará algún coche brillante y rápido con sus ventanas bajadas. Del habitáculo del conductor saldrá una música violenta, estridente, atronando el barrio. Es otro machote en trance nupcial de apareamiento. No tiene plumas de urogallo ni canto de ruiseñor, pero posee el don del ruido, que es como quien tenía el fuego en el paleolítico. Atributos primitivos para seducir que no cambian por mucho que Facebook y Twitter inviten a la escritura silenciosa.

Contaminación acústica adolescente que no cambia. Las pandillas salen a la calle felices y caminan por las aceras y los parques desmadejados, característica consustancial con su edad, pero hablando a voces, característica consustancial con su falta de educación. Vocean su iniciación en el amor, gritan sus deseos, se aventuran en el rito del apareamiento con las mismas armas de siempre: el ruido como autoafirmación. Sueno luego existo.

Fuente: http://www.hoy.es/extremadura/sueno-existo-20170705003041-ntvo.html